XacopediaJean de Tournay

El comerciante parte de Flandes el 25 de febrero de 1488 y vuelve en marzo de 1489, tras un año y un mes de periplo. Se dirige primero a Jerusalén y Roma en compañía de su “hermano abad”, su amigo Guillaume y varios compañeros más. Decide después ir a Santiago y deja a sus acompañantes para seguir únicamente con el cura Guillaume. Se encamina hacia Bolonia, atraviesa los Alpes por el Mont Gènevre, alcanza Aix y luego Marsella, donde se traslada a Sainte Beaume para rendir culto a María Magdalena. Desde allí, llega a Tarascon para venerar a Santa Marta, sube San Antonio y desciende hasta Nîmes, Montepellier y Toulouse. Atraviesa los Pirineos por Roncesvalles y sigue el Camino Francés hasta León. Toma el desvío que lo conduce a Oviedo, donde venera a San Salvador y visita la Cámara Santa de la catedral. Prosigue por el Camino del Norte o de la Costa y llega a Santiago a finales de 1488.

En la catedral del Santiago, además de cumplir con los ritos de la época, escuchó de un cura aquello de que “quien no creyese que el cuerpo [de Santiago] está enterrado en el altar mayor, habrá hecho su peregrinación en vano”, lo cual constituyó una delicada cuestión para el comerciante, ya que en Toulouse había venerado como verdaderas las reliquias allí conservadas del Apóstol. Ante esta disyuntiva, resuelve que cree “que el cuerpo está en Toulouse y la cabeza en Compostela”. No pasa más de dos días en la ciudad jacobea y emprende el camino de vuelta.

De regreso, va por el Camino Vasco del Interior y, tras pasar por Burdeos, Blaye, Pons, Lusignan, Poitiers, Port-de-Piles, Cormery, Amboise, Blois, Orleáns y París llega a su casa en Valenciennes con tal regocijo que “¡solo Dios sabe la gran alegría que tenía!”.

Su periplo está descrito con todo lujo de detalles con un estilo ágil y vivo. Tournay es amigo de la buena mesa y de los colchones de plumas, que no acaba de encontrar en España, tal y como queda recogido en su relato. Narra como en una noche oscura de tormenta se ve obligado a pedir hospitalidad a un leñador, a quien le pregunta si tendrá un lecho de plumas para acostarse. Este le dice que sí pero, en realidad, le ofrece la paja de las cuadras, donde los bueyes, curiosos por la nueva presencia, se pasaron toda la noche olfateando a los peregrinos sin que pudieran dormir.

Sobre los albergues incluye observaciones mordaces: “Cuando llegáis a una vivienda y deseáis tener pan, vino, carne o algo, lo tenéis que buscar vos mismo, pues no tendréis nada en la morada, salvo la cama para acostaros.” Los episodios de solidaridad y buen hacer de las gentes españolas parecen compensar estos inconvenientes. Así, cuenta que un cura les cedió las ofrendas del día con las que hicieron una gran comida para aliviar la muchísima hambre que tenían y que en Burgos les dan unos zapatos “gruesos, duros y fuertes”.

A pesar de las calamidades que Tournay relata del Camino, se muestra tranquilo y decidido a la hora de afrontar las dificultades. Así, habla de tiempos adversos en noches oscuras y parajes difíciles como el de O Cebreiro, donde pasan en pleno invierno teniendo que abrirse camino entre la nieve: “Nos hundíamos en la nieve hasta media pierna. Era siempre por lo menos hasta la rodilla y a menudo hasta los riñones, y entonces nos dábamos el bordón uno al otro lo mejor que podíamos para ayudarnos.”

El citado diario, recogido, como se dijo anteriormente, en Récits de pèlerinage (una colección de relatos de peregrinación), consta de tres relaciones de viajes a ultramar: la de Eustache de la Fosse, la de George Lengherand y la de Jean de Tournay. De estos, Tournay es el único que visitó Compostela; el relato completo de su peregrinación ocupa los 315 primeros folios, de los que su recorrido hacia Galicia y regreso a través de Francia comprende los treinta últimos. [XIV]


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