XacopediaManier, Guillaume

Peregrino y sastre picardo de Carlepont (1704-?), en el norte de Francia. Peregrina a Compostela en 1726, a los veintidós años de edad, con otros tres compañeros: Antoine Delaplace -apodado Delorme-, Antoine Baudry -apodado La Couture- y Jean Harmand. Su relato, realizado diez años después de su peregrinación, es un enorme fresco donde se manifiestan todas las dificultades, costumbres y acontecimientos que vivía un peregrino en el siglo XVIII. Al igual que otros jóvenes peregrinos de su siglo, como Jean Bonnecaze y, sobre todo, Nicola Albani, a Manier le empuja la voluntad de ver mundo, en un viaje donde se aúnan devoción, picaresca y ansias de aventura. Manier, huérfano, pone también tierra por medio ante ciertas deudas contraídas en la milicia con su capitán. Prepara bien su partida, con el apoyo de su párroco, vende un terreno a un pastor por 75 libras y encarga un bordón a un carpintero diez días antes de ponerse en Camino. Este bordón terminará sus días en Burgos, partido sobre las espaldas de uno de sus compañeros, como consecuencia de una de las frecuentes riñas que les hacen marchar unidos y más tarde separados.

El equipo de Manier se pone en marcha por las poblaciones de París, Orleáns, Tours, Poitiers, Las Landas, Bayona y Hendaya, tras las cuales se incorporarán al Camino Francés en Santo Domingo de la Calzada después de cruzar el famoso túnel natural de San Adrián, en el Camino Vasco del Interior. Allí, como todos los peregrinos, escuchan el milagro del gallo y la gallina y el joven peregrino ahorcado. No es la primera relación del grupo con las horcas; en Blois habían visto cadáveres ahorcados y descoyuntados. En Santiago, en las cadenas del Hospital Real, verán también a un delincuente amarrado a ellas.

La peregrinación de Manier es un continuo deambular y no reparan en detenerse para trabajar cuando es necesario ya que, como otros peregrinos de su siglo, la precariedad fue una constante en su viaje. De esa forma, mientras esperan en Bordelais por un compañero enfermo, el grupo se pone a vendimiar: “[…] nosotros tres nos metimos en una muchedumbre de vendimiadores por ocho sueldos y comida cada día”. Tampoco, desde luego, rechaza Manier la limosna ni tiene reparos en ejercer la mendicidad cuando es menester, como hace en Bayona acompañando a un ciego: “Después de aburrirme en la ciudad con el ciego, que tenía un violín, he reunido unos 50 sueldos [...]” o en Madrid, a donde se dirigieron desde León: “[...] fuimos al obispado a pedir la limosna que da el obispo: a cada uno libra y media de pan”.

Viajeros en tierra extraña, Manier y sus compañeros no dejan de sorprenderse ante costumbres y usos para ellos absolutamente desconocidos. Así, se asombran ante la forma de beber el vino en grandes pellejos de cabra -bajo la vigilancia permanente de una criada-, anotan la rareza de la mantequilla en España y descubren, en Mansilla de las Mulas, el pimentón: “Fue en esa ciudad donde hemos visto por primera vez vainas de la forma de esas gruesas calas rojas, o judías, como las que vemos en Francia que no se cultivan más que por curiosidad. Es el pimentón, según se llama en España [...] la propiedad que tiene es que lo ponen en la sopa [...]”.

Portazgos, barqueros y cambios de moneda fueron siempre un problema seguro para los peregrinos, de los que pocas veces salieron indemnes. Manier debe esperar la noche ante el río Bidasoa para cruzarlo sobre haces de maíz, al negarse el barquero a embarcarlos. Disuadidos por un fraile, ante lo desesperado de la tentativa, tuvieron que pagar un sol cada uno. En Burgos, se siente estafado por un cambista, pero eso eran calamidades tan habituales como la permanente plaga de piojos -la compostelana Cruz dos Farrapos no daba abasto en quemar las gastadas ropas de los peregrinos- o la tortura del calzado y las lesiones en los pies. A Manier un caballero, antes de Ambois, le da una receta para los pies que al picardo le sienta de maravilla: sebo de vela, aguardiente y aceite de oliva fundidos juntos; pero el choque de costumbres se refleja a cada paso.

Manier destaca también que, con el rezo del Ángelus, en Castilla todo el mundo debe arrodillarse, hasta los extranjeros, que les obligan a hacerlo incluso a la fuerza. La cosa no paraba ahí: en una misa de réquiem estuvieron a punto de ser linchados ante la risa incontenible que les produjo la predicación exaltada de un sacerdote y sólo una huida precipitada les salvó de ello. Los incidentes también se prodigaron en tabernas y posadas; en Cacabelos uno de ellos estuvo a punto de morir por unos oficiales de infantería españoles, ante su interés por las criadas. El propio Manier, solo y al descubierto, escapó por milagro de ser rasibus cujus, es decir, castrado, por cuatro individuos montados en mulas. Sólo la piedad de uno de ellos lo salvó.

La curiosidad y la permanente inquietud del caminante también se refleja en el relato de Guillaume Manier. El picardo nos traslada una curiosa y ancestral relación de lo que acostumbraban coleccionar los peregrinos: piedras de golondrina, de águila y de imán. En Oviedo, un peregrino le entrega dos piedras grandes de cruz y una de ágata buena para el dolor de cabeza. En Santiago, no dejan de hacerse con todas las menudencias que adquieren allí los peregrinos. Inquieto e intentando ayudar a los que le siguieran en el Camino, el sastre picardo incluye un pequeño rapport d’une partie de la lengue espagnole, que el propio Manier descarta traducir al vasco-francés dada la multitud de procacidades y obscenidades que contenía.

Tras conseguir la patente de peregrinación en Compostela, Manier y sus compañeros vagabundean por la ciudad y nos trasladan una de las estampas más célebres e hilarantes que nos ha llegado a través de los tiempos desde el Camino de Santiago, fiel reflejo del sentido de oportunidad de los peregrinos en todas las épocas: “Fuimos al convento de San Francisco de chocolate (sic), a las once en punto, allí nos dieron buen pan, sopa y carne. A las doce ya habíamos comido la sopa de los benedictinos de San Martín, donde dan bacalao, carne y excelente pan, cosa rara en esta provincia. A la una en Santa Teresa [...] donde dan pan y carne. A las cuatro en el convento de Santo Domingo, fuera de la ciudad, por donde entramos, y donde dan sopa que sirve de cena.”

Tras emprender el Camino de regreso visitando el Salvador de Oviedo, Manier abandona a sus compañeros en Saintes, ya en Francia, y toma el camino de los Alpes rumbo a Roma. [JAR]


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