XacopediaVía Láctea

Es el nombre de la galaxia en la que se encuentra el planeta Tierra. En las noches despejadas destaca en el cielo la franja blanquecina de uno de sus brazos en aparente dirección este-oeste, la misma que la seguida por el Camino Francés a Santiago. Por este motivo se le conoce popularmente en distintos lugares de Europa, y en diferentes idiomas, como “Camino de Santiago”, al que a su vez se alude también como “camino de las estrellas”. Fueron los peregrinos los que difundieron esta denominación.
Es en la visión del emperador franco-alemán Carlomagno incluida en el Liber Sancti Iacobi (s. XII) donde primero se habla de la Vía Láctea como el “camino de estrellas” que lleva, en dirección al extremo occidental, a la tumba de Santiago. En el texto es el propio Apóstol quien lo muestra. El emperador franco-alemán era un gran amante de la astronomía, según relata Eginhardo en su Vita Karoli Magni. Posible conocedor de esta afición, el desconocido autor -o autores- del relato carolingio del Liber Sancti Iacobi la utilizaría para dar sentido y mayor trascendencia al famoso pasaje. Puede también que estuviese apelando a una relación -camino estrellado/camino de Santiago- ya fijada en el imaginario popular.
Es innegable la sólida relación entre la Ruta Jacobea y la Vía Láctea: esta era el camino original que llevaba al sepulcro apostólico, y siguiéndola, se establecía el camino terrenal. La ruta estrellada conectaría así con el parecer de quienes sostienen que la franja de la Vía Láctea, por sus características y su fuerte y enigmática presencia nocturna, generó un itinerario -real o simbólico- de raíces antiquísimas que textos como el Liber Sancti Iacobi no harían más que reinterpretar y cristianizar.
Fueron los romanos, que a su vez lo tomaron de los griegos, los que dieron a la Vía Láctea el nombre que ha llegado hasta nosotros, al identificarlo con un camino de tono blanquecino formado por la leche escapada del pezón de la diosa Hera. Su impactante intensidad luminosa y su forma alargada, como un camino, despertó la imaginación y las preguntas de cuantos la observaban cada noche despejada en el nítido firmamento de la antigüedad. En realidad, lo que entendían, desde su visión mítico-religiosa, por una vía sagrada es uno de los brazos de la espiral que forma nuestra galaxia. Una gran parte de los cien mil millones de estrellas que contiene se concentran en sus brazos. Lo hacen con tal intensidad que se confunden con una luminosa línea blanquecina resaltando sobre el fondo oscuro del firmamento. Nuestra estrella, el Sol, está también en uno de estos brazos -sigue en discusión su número-, llamado Orión o Local, situado a su vez entre los de Sagitario y Perseo.
La Vía Láctea parece moverse de forma casi imperceptible en dirección este-oeste, como el propio Camino de Santiago, motivo por el que su identificación con esta ruta tomó forma pronto en el imaginario medieval europeo. En realidad su posición varía en función de la época del año y, además, no todos los peregrinos medievales seguían con claridad el camino en sentido este-oeste. Esto solo sucedía con evidencia en el itinerario a través del norte de España, pero no a su paso por Francia, donde la dirección más habitual para los caminantes procedentes del norte del continente solía ser la sur-suroeste.
El astrónomo compostelano José Ángel Docobo afirma que “es justo antes del amanecer del verano, periodo con más peregrinos haciendo a ruta, cuando la Vía Láctea se sitúa exactamente en sentido este-oeste marcando, a quienes hacen el Camino Francés, la dirección a tomar para llegar al sepulcro del Apóstol. Su posición en el cielo varía no sólo por la noche, sino también de una época a otra”.
Al margen de la lógica científica actual, la Vía Láctea medieval fue interpretada en esencia como un camino hacia Occidente, y su iluminada línea sobre el cielo resultaba una compañía para el peregrino medieval; este la interpretaba como una senda marcada en el firmamento por el propio apóstol Santiago, que desde ella lo orientaba y acompañaba hasta su sepulcro. Resultaba un sentimiento muy intenso por las noches, cuando el peregrino se enfrentaba a la soledad y el abandono nocturnos. Como ha señalado Robert Plötz, “La Via Peregrinalis a Santiago pudiera tener su proyección cósmica en la ‘Vía Láctea’, en el Iter Stellarum”.
La identificación de la Vía Láctea con el Camino de Santiago, constatada al menos desde el siglo XII, tiene múltiples interpretaciones, pero lo que resulta evidente es su dimensión europea. En los brazos de nuestra galaxia han visto las gentes que se dirigían a Santiago sus propias almas. Y también las de sus antepasados. Estas se han vinculado en algún caso, como sucede en Galicia por influencia del santuario de Santo André de Teixido, con las almas en pena que se dirigen a realizar el Camino, por no haberlo hecho en vida.
En gran parte de España -Aragón, La Rioja, Castilla y León, etc.- todavía se alude en tono coloquial a la Vía Láctea como Camino de Santiago, especialmente en el medio rural. Lo mismo sucede en otros países de fuerte tradición jacobea como Alemania y Francia. El escritor galo Alphonse Daudet (1840-1897) en sus Lettres de mon moulin escribe: “Mirad, justamente encima de nosotros, el Camino de Santiago”.
Se detecta también esta denominación en países como Hungría, Eslovenia, Italia, etc. Ya en el siglo XIII el italiano Giovanni Balbus (Génova) denomina en su Catholicon seu summa a la Vía Láctea como “Via Sancti Iacobi”; en Sicilia se le llama “La Escalera de Santiago”. Son sólo algunos ejemplos. En algún caso también se vincula con otros santuarios, como sucede en Turquía, donde se conoce como “Camino de los Peregrinos”.
Como es sabido, la Vía Láctea no sólo resulta mágica y enigmática para los caminantes jacobeos. A lo largo de la existencia humana ha sido objeto de culto y admiración en las más diversas culturas. Dos son las relaciones principales: los ríos y las serpientes. A través de estos dos elementos totémicos la Vía Láctea se convierte en un camino de enlace entre la tierra y el cielo, entre lo efímero y lo sagrado, entre una vida y la otra.
Los indios relacionan en sus orígenes su río sagrado, el Ganges, con la Vía Láctea. Los antiguos egipcios la vinculaban al Nilo, que tras hacer fértiles las tierras, se elevaba al cielo para regar también la morada de los dioses. Para los chinos este rastro de luz en el cielo era el camino de las almas hacia el otro mundo, a través del río celeste. A parecida conclusión llegaron los japoneses.
En esta línea, los pueblos antiguos llegados al Occidente veían en la Vía Láctea la guía hacia la isla de los muertos, en una ruta que concluía para los humanos en el lugar donde comenzaba lo que los romanos llamaron el mare tenebrosum. Los vikingos la interpretaban también como el camino seguido por el alma de los muertos. Por sus propias características, el Camino de Santiago ha sido visto por los iniciáticos como una ruta vinculada en sus orígenes remotos a la Vía Láctea, por eso para ellos es, en esencia, la ruta de las estrellas y han buscado en la toponimia occidental relaciones que reforzasen sus tesis; es el caso del topónimo Galicia, que interpretan como procedente del griego ‘galaxia’ [lácteo], Vía Láctea.
Para el peregrino actual, conocedor del sentido científico de nuestra galaxia, la magia permanece, las relaciones se renuevan. Como dijo el periodista y escritor brasileño Sérgio Reis, “el Camino de Santiago, en verdad, está marcado en la tierra y el cielo”. Lo está en su trascendencia y en los símbolos que lo caracterizan. [MR]
V. camino de estrellas


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